La cartografía de la intolerancia

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Un día, chachareaba en Internet y en el proceso de bobeo me topé con  una página que presentaba un mapa con los países más racistas del mundo realizado por la World Values Survey . Las conclusiones no dejan de ser, como en cualquier investigación, parciales, pero sí ofrece pautas de reflexión interesantes que vale la pena retomar para repensar nuestras realidades concretas.

Las investigaciones y el mapa resultante escupen una realidad aparentemente contradictoria:  que el mayor índice de racismo se localiza en los países en vías de desarrollo, como Bangladesh y Jordania, mientras que la cultura de la tolerancia está instalada en el continente Americano, así como en Australia. Europa occidental se haya a la mitad del camino, entre indicadores de tolerancia media a baja. Y es que uno se sigue figurando el racismo en términos de Blanco Bueno / Negro(café, amarillo, gris) Malo, cuando la realidad resulta ser mucho más compleja y que con mucho rebasa los términos dicotómicos en que entendemos este asunto calificado como uno de los oscurantismos del siglo XXI.

La verdad es que el racismo se desdobla en cantidad de oposiciones donde blanco vs negro es así como la más legendaria porque nunca hemos superado nuestro pensamiento colonial, pero que coexiste con negro vs negro, moreno vs prieto, prieto vs amarillo, café vs café con leche, blanco vs blanco y así todas las combinaciones que no se me pueden ocurrir. Qué es lo que deja ver, en todo caso, esta cartografía de la intolerancia? Definitivamente no una cuestión de raza, sino, una cuestión donde la raza es la punta de un iceberg que navega en un mar intrincado de nuevas coyunturas económicas y políticas donde la poca o nula disposición  a cohabitar un espacio con extranjeros tiene menos que ver con su color que con la resignificación de su presencia como una amenaza a sus propios intereses, como competencia en una realidad económica poco amable. Ya lo dice Umberto Eco,  “Es fundamental que la gente se encuentre entre sí en situaciones no conflictivas, el racismo se produce no cuando un español va a Turquía, sino cuando un turco viene a trabajar a España. El verdadero racismo es siempre el racismo del pobre contra el pobre, los ricos no son racistas porque no les afecta.”

¿De qué otro modo podría explicarse que países considerados de Primer Mundo no estén en la lista de los más tolerantes? Francia, España e Inglaterra elevan de manera cada vez más manifiesta la bandera del racismo en medio de sus respectivas crisis, en franca contradicción con la imagen “progresista” que su propia historia les ha otorgado. Es decir, el racismo del siglo XXI está más vinculado a factores de carácter económico que ideológico, aunque no faltará quien diga, que esto nunca ha sido otra manera y que el racismo siempre ha formado parte de una ideología que legitima intereses económicos, que no de otra manera se puede entender lo que los británicos o los portugueses hicieron con los africanos o los españoles con las culturas mesoamericanas. Pero yo creo que sí hay una diferencia sustancial, porque, si bien el racismo de los siglos del colonialismo europeo es un fenómeno paralelo a las relaciones económicas propias del período, ésta fue una ideología promovida desde los centros de poder como refuerzo y legitimación de su sistema productivo, sin embargo era algo previamente asumido, es decir, la superioridad del hombre blanco era un asunto ya procesado e instalado en la mentalidad colectiva y de ahí retomado para favorecer los intereses de los núcleos de poder en cuestión.

En nuestro tiempo, el racismo se vuelve más complejo porque, aunado a esta programación que arrastramos de las jerarquías raciales, surgen enfrentamientos marcados por la intolerancia que emergen del contexto contemporáneo de las nuevas migraciones, en el marco de la  crisis económica que castiga fuertemente a Europa. De tal modo que cuando un francés muele a golpes a un marroquí, está presente el sentido de superioridad racial pero combinado con esa percepción de “intrusión” que ha cobrado importancia en medio de tanta inseguridad económica y social . Se vuelve una lucha de Pobre (blanco) vs Pobre (negro).

El racismo es un fantasma terco (la expresión es mero recurso estético, el racismo estará presente siempre, bajo formas distintas, y no es algo que necesariamente deba “desaparecer, por malo”), renuente a abandonarnos y por ello se recicla, se reinventa. Es improbable que haya abandonado incluso las culturas que aparecen “libres de intolerancia” como la norteamericana o la australiana.

Ciertamente, a mayores índices de bienestar económico mayor apertura al Otro (por eso los ricos se ven sonrientes tan a menudo), pero lo que las encuestas presentan como un alto porcentaje de tolerancia, quizás lo que debiéramos leer es un profundo miedo a revelar su verdadero sentir respecto a todos esos migrantes que luchan por llegar y permanecer en esas auténticas tierras de sueños, aderezados por los recuerdos frescos aún de sociedades segregacionistas. En este caso, estos países tolerantes han visto desarrollar en su interior una cultura de apertura y tolerancia, primero porque económicamente es viable pero también porque verdaderamente esas mismas condiciones de bienestar favorecen una educación y mentalidades que rechazan abiertamente el racismo. Todo lo anterior, no contradice el hecho de que siga existiendo en los subterráneos de su pensamiento, un franco rechazo por otras razas, en el sentido original del racismo como exacerbación racial de un grupo étnico.

Desde mi experiencia, México está instalado en este racismo “originario”, puesto que no es, como el caso de Francia o España, destino decisivo de migraciones internacionales permanentes, no llegan oleadas de extranjeros de países más jodidos a quitarnos nuestras chambas y a limitar nuestra disponibilidad de recursos. México vive su racismo hacia adentro, hacia los grupos étnicos que, o bien magnificamos en versiones anacrónicas y ridículas tipo “Penacho y grandeza milenaria” o sobajamos en franca muestra de nuestro pensamiento colonizado.

Y es que por alguna razón hemos continuado la oposición “español-indígena”, claro que en otros términos, pero cuántos de nosotros nos preocupamos por destacar que somos “morenos claros” o “trigueños” o “blanquitos” o mi favorito: “es morenito (a) pero muy guapo (a), que independientemente de su correspondencia con la realidad, dan cuenta de esta programación de jerarquizar por el color, herencia de un período que por otra parte, condenamos con dureza en nuestros discursos de ciudadanos indignados. La pregunta es, por qué México no ha dado ese salto? Es más, el mapa del racismo nos ubica como un país bastante tolerante, pero eso me parece que se trata de una tolerancia “hacia afuera” porque los mexicanos nos hemos distinguido siempre por recibir con los brazos abiertos a todo lo que llega de fuera, sea del color que sea. Nuestra amabilidad se derrama con el visitante, pero no existe la misma solidaridad con el que cohabita en este imaginario llamado México, y sobre ello abundan pruebas, mismas que retomaré en la continuación de este artículo buenoparanada.

Este es el link que los llevará al mapa y al artículo http://nuestrascharlasnocturnas.wordpress.com/2013/05/18/crean-mapa-con-los-paises-mas-racistas/

Hasta la vista.

Desmadre y lozanía. Parte I

 

 

Este será un post algo narcicista, con la pena y con lo gorda que sé que cae la gente que usa cualquier pretexto  para terminar hablando de lo súper  que son ellos, que “se dan cuenta de las cosas”, etc. Bueno, el caso es que hoy cumplo 35 años, 35… y eso no facilita las cosas a una mujer, ni en la vida real, ni en su cabeza, para ir por las calles y por la vida como si nada en un mundo que adora la juventud.

No es que me traume, quiero decir, no miento acerca de mi edad, ni tampoco fui corriendo a tatuarme una mariposa en la espalda baja, y no me entusiasman los jovenzuelos (aún, jojo), es decir, no es un asunto que me presione,  condicionando mi desenvolvimiento ante los demás; sin embargo, no deja de haber momentos que me toman por sorpresa, en que he bajado la guardia, momentos en que pienso que lo mejor de mi vida ha pasado ya.  ¿Por qué? ¿Cómo explicar la angustia que mucha gente experimenta cuando los veintes van quedando más y más atrás, cada año?

“La juventud está sobrevalorada” me dijo un amigo hoy en la mañana, y tiene toda la razón.

No es algo novedoso en sí, es fácil percatarse que vivimos en una sociedad que rinde culto absoluto a lo nuevo, concentrada en la búsqueda insaciable de la juventud eterna. Pero me pregunto  qué es lo que hay en la psique colectiva de los últimos dos siglos que nos hacen aferrarnos a esa etapa de la vida como si fuera el único muelle en el mar de nuestra existencia?

Digo juventud y  viene Justin Bieber a mi mente, seguido de una inyección de bótox, senos operados, labios con colágeno, abdómenes tensos, cutis hiper tersos, lolitas, los tres de Crepúsculo, velocidad, fuerza, piernas firmes, antros,  liposucciones,  teenagers, teenagers, teenagers… en todos lados se anuncia la promesa de una prolongada juventud encerrada en la novedosa fórmula de un lipstick, en un te que se llevará, con su efecto diurético, las partículas de vejez que rondan en las entrañas , o en la admiración perpetua de cada ídolo juvenil que asciende y desaparece con la misma velocidad. La presencia mediática de lo joven y bello va también muy ligada a la idea de un estilo de vida que se distingue por su intensidad, pareciera que todas las maravillas y las sorpresas de la vida están reservadas para ese período de la existencia humana: los viajes, las fiestas, el amor, los amigos, todo es mejor antes de cruzar la frontera de los 30, no hay locura sin juventud.

Hemos aprendido a asociar la idea de disfrute con lo joven al grado que todo lo que queda fuera de la esfera de los veintes, pareciera que queda fuera del espectro de la vida. Cada uno de nosotros interioriza en mayor o menor grado ese condicionamiento, pero a todos nos toca algo.  Quizás de las cosas  más difíciles, en un mundo preponderantemente material, sea aprender a aceptar que el cuerpo cambia y se aleja de los ideales que alguna vez no nos parecieron tan lejanos, perderle el terror a lo viejo sería llegar a un punto de evolución espiritual que no veo muy cerca, pero que es posible.

Entonces es cuando me doy cuenta de que todo se reduce al MIEDO. Las cosas que vamos perdiendo en el camino al crecer, que al principio sucedían tan naturalemente, cosas como imaginar, como respetar el dictado de una duda, expresar ideas y emociones, estar tan conectados con la vida que cada día era un descubrimiento, son poderes que vamos inhibiend0, en un extraño proceso al que llamamos madurez, y cuya primera exigencia es enterrar la vida tal y como solíamos entenderla y vivirla de niños, lo infantil se guarda en un baúl y se recuerda con simpatía como la Edad de la Inocencia, como si nunca más fuésemos a necesitar nuestra autenticidad. Pero un mundo como el que hemos forjado, requiere de la renuncia voluntaria a esa forma de existir, y bajo la idea de Responsabilidad y Sentido común, se inicia un proceso educativo marcado por el miedo al ridículo, a las consecuencias,  y al castigo.

Convertirse en adulto, significa muchas cosas, sin duda alguna es un proceso en el que debemos despojarnos de actitudes  que harían imposible la de por sí difícil  convivencia humana,  es un hecho que hay que hacer concesiones en nombre de la sociedad, pero renunciar a la capacidad de  asombro, a la libertad de imaginar, tan fundamental en las primeras etapas de nuestra vida , implica un daño que ha costado la felicidad de muchos y es  la negación de uno mismo. Conforme crecemos, vamos  desconectando uno a uno, los cablecitos que en un principio nos conectaban con el universo entero y nos hacían relacionarnos con él desde nuestra peculiaridad. El problema de ser adulto es que muchas veces se convierte en la traición de uno mismo.

La mayor parte del tiempo no estamos conscientes de esta carencia, sumergidos como estamos, en nuestras obligaciones cotidianas, pero la forma en que idealizamos y ponderamos la juventud, ese ligero malestar  que experimentamos cuando nos comparamos con el yo de hace diez, veinte años, estoy segura de que es en parte, el dolor de haber renunciado a uno mismo. No es la juventud en sí lo que añoramos sino la nostalgia por un Yo que se nos va de las manos, la desesperación de darse cuenta de que ya no sabemos quiénes somos.

Ahora entiendo por qué es que no me deprimo ni miento sobre mi edad, ni me siento vieja y lo que veo en el espejo me gusta, me gusto. No es que esté libre del miedo de ser yo misma, pero los últimos años me han hecho ir llegando a la conclusión de que no hay otra forma de vivir que siendo leal a uno mismo. Soy madre de dos niños a quienes amo y de quienes me hago completamente responsable, vivo con un hombre que no cree que me casaría todos los días con él pero con quien he crecido todo lo que no crecí antes y ha sabido ver en mi interior las cosas que yo había olvidado, y lo amo, tengo una nueva oportunidad para iniciar un proyecto de vida en que la prioridad es mi familia pero que tampoco me obliga a no vivir por mí y para mí, mientras más me conozco, más alineada está mi individualidad con lo colectivo, tengo un grupo de amigos que espero me acompañen el resto de mi vida y el sentido del humor que resignifica las cosas y minimiza sus efectos negativos.

No extraño el desmadre porque veo que nunca he dejado de hacerlo, ahora más que nunca, porque el verdadero desmadre es abrazar la vida y conectarme a ella con todos los sensores que traía de nacimiento, porque cada día tengo menos miedo y me voy concentrando en lo importante. No extraño mi apariencia a los veinte, porque la seguridad que me han dado los años hacen que me sienta guapa y sexy, y porque me gusta imaginar mi versión a los cuarenta y a los cincuenta, porque a los 60 o 70 querré pintarme el pelo de rosita y contarles historias absurdas a mis nietos o a mis perros, o a ambos, porque planeo envejecer al lado de la gente que quiero y no perder nunca el sentido del humor, porque seré una anciana sabia y desmadrosa.

Cuando el miedo desaparece, la lozanía y el desmadre no se extrañan, porque no desaparecen, simplemente se resignifican, el espíritu sano siempre es joven.

 

Más mar

El ahogado

Aquel hombre se unía a la soledad del mar,

iba y venía en sus ojos y lo azul del agua

iba y venía en sus ojos cada vez más sin nadie,

unido a la soledad de mar aquel hombre soñaba

y no era un sueño

y perdía su nombre, perdía su voz arrojada

como una corona fúnebre,

que el oleaje deshojaba al pie de otro silencio,

aquel hombre ya sólo tenía que ver con el agua,

con el color azul sacado del cielo a ciertas horas de la eternidad.

Con la espuma que crece cuando el dios del mar

despluma sus ángeles

con mano temblorosa,

aquel hombre se unió al mar, un pájaro rompía el cascarón de la tarde.

José Carlos Becerra

En mi dragón de plata

La luna pasó la noche decidiendo si se nos venía encima o se quedaba arriba a contemplar esta isla. Abajo, la locura se filtraba por la botella de pinot   hasta el paulatino arribo de ese,  el  minuto elegantemente  impreciso que marca la milenaria sincronía de mi pulso con el suyo.

Mis ojos siguen  el vaivén de su larga cola plateada agitando la negrura del océano, jugando, salpicando el abrigo hecho a mano de una noche inscrita en el pensamiento de Dios. No hay apuro en sus movimientos inquietos. En el eco de sus coletazos  descansa una dulce espera, intuida por sus huesos, polvo de sabiduría originaria para quien el tiempo nunca existió. Mi dragón aguarda.

Dejo de oir lo que me cuentas, pero te escucho con  la piel.  Mi corazón se vuelve radar y me echo a navegar  sorteando tus icebergs y tus islas. En el interior de mi pecho algo se expande y baja hasta mi ombligo: comprendo  el ansia de infinito.  Dentro del auto es sólo  el pulso de mi sangre (y aquella voz,  eco de soles y rocas astronautas), susurrando el lugar  del muelle . Nacer no es ni remotamente el principio.

Tú, el auto, tus motivos y los míos dejan de existir. Ahora es  sólo  la armonía oculta en el velo cotidiano de nuestro ensimismamiento.  Va difuminando todo alrededor: la gente y sus simulacros se van tornando figuras de cartón dentro de un universo de cartón. Voy dejando de oírlos, son figuras recortables. En la gradual lejanía, observo cómo te conviertes en un personaje del  libro pop up del que eres la última página.  Siento cómo la disolución  por dentro le da vida a una languidezca intuición.

Las olas golpean los guijarros con el ritmo de mis latidos, cada vez más frecuentes. Nunca he sido otra cosa que el mar.  Mi dragón se pone alerta al presentir mis pasos aproximarse por  el camino de arena y conchas. Desde él  me vuelvo a verte una vez más. Mis pies crujen sobre su historia. Me acerco.  Noto  la tensión de su cuerpo que se dispone  a recibirme: jockey estelar.

Siento el aire volviéndose mi cuerpo, descarapelando los annales de mi piel humana. Mi dragón de plata vuela bajo, al ras del agua, debajo del agua, afuera de ella… adentro… yo lo abrazo con brazos y piernas, lo beso, le susurro en lenguaje de burbujas cuánto lo extrañé. El mareo es un oleaje que va de lo profundo del pensamiento hasta los faros de la carne.

La noche abajo reclama su cola de estrellas y lo trae de  vuelta a la orilla donde  aún me esperas. Mi cuerpo bañado en rocío luminoso continúa solo el viaje, cierro los ojos y me dejo llevar por el dulce vértigo de volar-caer en las coordenadas desde las cuales contemplaré la soledad que te acompaña en el asiento de al lado.

mi top 5 de personajes del cine sexies cuestionables

Tengo debilidad por los feos. No es que vaya por la calle buscando hombres horribles para mi goce estético, sin embargo, platicando con amigos siempre acabo emocionándome con los personajes que no fueron hechos para cosechar delirios femeninos. Por ejemplo, cuando Brad Pitt estuvo de moda no me movió ni tantito el tapete, me parecía de los más soso y, sin embargo, la otra vez platicábamos de Flash Gordon (la serie de dibujos animados) y me puse chinita al recordar la carcajada del desalmado Ming en el intro de la caricatura. De manera que me puse a pensar en los anti-galanes del cine que me han hecho suspirar ante el descrédito de mis allegados y aquí se los comparto:

1. El Guasón

Por supuesto me refiero al que interpretó Heath Ledger en Dark Knight. Un auténtico gilipollas que combina sentido del humor con una actitud de “no me importa” que le da una presencia como pocos. La seguridad y la maldad que acompañan sus actos alimentan mis fantasías más primitivas.

2. Hellboy

 Creo que hasta se ve más guapo como Hellboy que como Ron Perlman. Es algo parecido a lo que me produce mi amado Guasón, pero se pone interesante por la lucha que se gesta en su interior, entre su naturaleza demoníaca y su formación cristiana guerrera. Un verdadero chico malo que tiene su lado bueno pero que no cualquiera puede sacar (te odio Liz Sherman). No se detiene ante nada, su fuerza física es sobresaliente,  es impulsivo, bárbaro, raya en lo infantil, y eso activa el aspecto maternal que a menudo forma parte de la atracción de una mujer hacia un hombre. Saber que podría destruirme con el mínimo esfuerzo  me parece muy, pero muy sexy.

3. Severus Snape

Oscuro, misterioso, tierno en el fondo, Severus Snape me robó el corazón desde su primer aparición. Quizás tengo un lado emo, o la ambiguedad moral tiene poderes afrodisiacos sobre mi, pero ese rostro grave y tenso me provoca amarlo.

4. Abe Sapien

Un anfibio humanoide nerd. Cómo no iba a gustarme, lo sabe todo, lo entiende todo, no se ocupa de nimiedades, algo despistado, sereno, lo sexy radica en su intelecto y su carácter apacible, la contraparte de Hellboy. Es una criatura del agua, fluye pausado y su vibra zen lo convierte en la compañía necesaria de las criaturas atormentadas de naturaleza fogosa.

5. El desalmado Ming

 Era así como un malvado emperador galáctico que quería más y más poder. Alto, delgado y con colmillos. El poder siempre seduce y si le añades esos rasgos vampirescos, una capa y su actitud de republicano imperalista que secuestra chicas curvilíneas para desanimar a los héroes rubios de escote pronunciado, la combinación resulta explosiva. Desalmado Ming: secuéstrame.

Y lloré con la guadalupana

Venía manejando hace rato, de la casa de mis papás hacia la mía cuando me topé con una procesión guadalupana a la mitad del camino entre mi origen y mi destino. Sin darme cuenta disminuí la velocidad del auto, interesada, de repente, en las formas de ese  Carnaval luctuoso que se desplazaba por las calles frías y casi en tinieblas de la Altamirano. En el chasis de un trailer viajaba la imagen de la Virgen, adornada bajo los lineamientos estéticos más populacheros y amorosos: veladoras de vaso, flores de crepé y papel picado.

Era una caminata-Rosario. Desde el altavoz se desprendían diez avemarías seguidos entre las notas musicales de los cascabeles de las paceñas disfrazadas de indias, ataviadas con un inexistente traje regional, sacado de las fantasías de algún diseñador local travestí de quinceañeras.  Todo el conjunto era ridículo, feo en más de un sentido con toda esa carga tercermundista de la religiosidad mágico popular tan despreciada por algunos círculos (seudo) intelectuales y, sin embargo, cuando pasaba por un lado de ellos, había una tristeza en esos cascabeles que me hizo sentir una profunda pena que me mandó llorando el resto del camino. No sé bien, a ciencia cierta, la causa de mi congoja, pero alcancé a intuir un dolor muy viejo guardado en esa y cada una de los millones de procesiones que han recorrido las calles de este que me han enseñado que es mi país, de la mexicanidad de discurso de la que nunca me he sentido tan parte, pero a la que no puedo ignorar en ciertas horas, en ciertos momentos. Sentí la violencia y el vacío que debió llenar el espacio histórico al que llamamos Conquista, el despojo y la sensación de extravío en el que de pronto se encontraron miles de seres humanos cuyo mundo, de un día para otro, desapareció bajo sus pies y que fueron obligados a construir uno nuevo, bajo una lógica ajena, aprendida con sangre y miedo.

Temo que esto suene a un discurso pro indígena, del que no formo parte ni tampoco repudio,  más que tomar partido, me interesan las circunstancias que modelan nuestro presente y perfilan los futuros. Pero ni la postura más imparcial le puede arrebatar legitimidad a mi tristeza de esta noche, porque, lo que vi tras esos globos de colores y esas canciones y esa fe que cura y  limita por igual, fue a una cultura que, huérfana de dioses y Madres a una edad muy tierna, aprendió a amar la imagen de esa otra diosa, madre de Cristo, madrastra de todo un pueblo que se refugió bajo su manto ante la estupefacción de quedarse solos. Y esa gente marchando a mi lado, blanca, mestiza, menos india, se desplaza sobre los pasos de su devoción, contenta, introspectiva, ajena por completo al desamparo y el asombro sobre el cual se recolocaron las piedras de la nueva fe que late en los corazones que aún no escriben su historia.

El agua y los sueños. (fragmento)

No nos bañamos
dos veces en el mismo río, porque ya en su
profundidad, el ser humano tiene el destino del agua
que corre. El agua es realmente el elemento transitorio.
Es la metamorfosis ontológica esencial entre el
fuego y la tierra. El ser consagrado al agua es un
ser en el vértigo. Muere a cada minuto, sin cesar algo
de su sustancia se derrumba. La muerte cotidiana
no es la muerte exuberante del fuego que atraviesa
el cielo con sus flechas; la muerte cotidiana es la
muerte del agua. El agua corre siempre, el agua cae
siempre, siempre concluye en su muerte horizontal.

 

G. Bachelard

Pedacitos de Boff

El estado del mundo va ligado al de nuestra mente.  Si el mundo está enfermo eso es síntoma de que nuestra psique también está enferma. Hay agresiones contra la naturaleza y voluntad de dominio porque dentro del ser humano funcionan visiones, arquetipos, emociones que conducen a exclusiones y violencias. Existe una ecología interior lo mismo que una ecologia exterior, y se condicionan mutuamente. El universo de las relaciones es internalizado, lo mismo que la referencia al padre, a la madre, al medio ambiente, etc.; esos contenidos se transforman en valores y antivalores, alcanzando a las relaciones ecológicas de forma positiva o negativa. El mismo mundo de los productos industriales, de la tecnificación de las relaciones, genera una subjetividad colectiva asentada sobre el poder, el status, la apariencia y una precaria comunicación con los demás.

Leonardo Boff

Ecología:

grito de la tierra

grito de los pobres

ohh alternativa navidad…

No es que me haya unido a la modita verde que se deja ver cada vez más como un símbolo de distinción y que tan redituable ha resultado para muchos. La verdad es que nunca he querido tener árboles navideños naturales en casa, ni de niña. No vale la pena extenderse en las razones por las que no deberíamos seguir con esta tradición de desperdicio y usos absurdos de recursos,  solo habría que seguir el dictado del sentido común. De hecho, pues qué bueno que las leyes del mercado hayan vuelto los ojos a esta tendencia a reciclar y producir las cosas uno mismo, hay gente que lo viene haciendo desde hace mucho tiempo antes de que Leo di Caprio tuviera su huerto orgánico, pero incluso como tendencia, y si ahora más gente adopta este estilo de vida por esnobismo o lo que sea, sigue siendo algo bueno, por imitación también se aprende.

Y bueno, encontré algunas opciones muy interesantes para tener un árbol de navidad sin el penoso fin que encuentran cuando pasa todo el alboroto decembrino, y son de hecho, bastante lindos. Ojalá se vean muchos de estos este año.

http://myhomespunthreads.blogspot.com/2010/11/alternative-christmas-trees.html